Hasta que la felicidad nos separe…

La felicidad es mucho más que un estado de ánimo.

Ya sé que pueden ser legión los que, de un solo plumazo, consigan abatir tan febril suposición.

Pero de eso mismo se trata…

Los acontecimientos se suceden en tiempo y modo de manera idéntica a la que los sentimientos van cobrando forma.

Todo lo que viene después es algo más complejo.

Toca poner en orden las ideas.

Priorizar sensibilidades.

Destripar nuevas formas con las que hacer frente a los imprevistos que se nos plantean.

Así hasta lograr equilibrar la balanza del dolor sostenible.

Recoger los frutos por sabernos invencibles.

Salvar la barrera de la angustia infinita.

Asomarse al precipicio de ese miedo inconfesable.

Acariciar con las manos a la virtud, dejando escapar entre los dedos a Doña Soledad.

Como el prisionero que amamanta su cautiverio.

Como el ciego que todo lo ve.

El sordo que entona despedida.

La inquietud languidece presa de un tiempo que le es ajeno.

¿Cuánto vale la felicidad…?

Así se construyen los sueños que no duermen.

Las madrugadas sedientas de lágrimas que jamás aprendieron a brotar.

¿Por qué a mí?

Quizás por ser preso confeso del verbo amar.

Por querer sin saber.

Por vivir a la desesperada sin un plan marcado.

La felicidad es un estado de ánimo.

Es una respiración quebrada en llanto.

Esa primera mirada.

La piel hecha añicos al amanecer.

Y es que eres tan mío que te pierdo.

Tan frágil y tan bello a la vez…

La vida se refleja en la piel de la luna.

Luna llena de vida que resplandece cansada de tanto brillar.

Hoy es el primer día del resto de nuestra vida…

Hasta que la felicidad nos separe.

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